La mujer que eligió perdonar
Solo cuando perdonó pudo sentir paz.Ninguno de nosotros le creyó. No queríamos creerle. Era imposible. Jamás nos había pasado algo semejante. Habíamos estado en un encuentro de esposas de pastor. Acabábamos de culminar un retiro espiritual muy enriquecedor. Habíamos sentido la presencia de Dios. No podía suceder algo así.
El domingo por la mañana emprendimos el regreso en el autobús que la iglesia local nos había prestado. De pronto, vi que un automóvil venía hacia nosotros, saliéndose del camino. Pero entonces regresó a su carril. No hay problema, pensé. Pero justo cuando iba a comentar lo que había visto con la persona que iba a mi lado, el automóvil se puso al costado de nosotros y perdió el control. Nuestro conductor procuró esquivarlo, pero era demasiado tarde.
“Gracias a lo que usted dijo, nosotras también perdonaremos”, declararon las mujeres.
No comprendí plenamente entonces el significado de lo que Dios había hecho ese viernes de noche hasta el lunes de noche siguiente cuando, mientras procurábamos consolar al esposo de Dele, le conté lo que había sucedido en la reunión de testimonios.
“Alabado sea el Señor”, dijo, y entonces explicó que era algo que le había pesado mucho. Era la principal causa de sus sufrimientos por no haber podido estar junto al lecho de Dele antes de morir. Conocía la historia; el tío era realmente un malvado, pero durante años le había rogado a su esposa que renunciara al encono que sentía por él. Ella decía que le era imposible. La última vez que hablaron del tema había sido seis meses atrás, y Dele aún estaba amargada. Si yo hubiera estado junto a ella –pensaba él– podría haber tratado de convencerla de perdonar a su tío. Dele era una mujer maravillosa. Tantos familiares y amigos se han beneficiado de su calidez y generosidad. ¿Podría esto interponerse entre ella y Dios?
No, dijo Dios. Ese viernes de noche la preparó para lo que vendría. Sin coerción alguna, y antes de que estuviera en el lecho de muerte, Dele confesó que le había entregado la situación a Dios y que había perdonado a su tío. Nuestro maravilloso Dios le dio esta oportunidad de perdonar y entonces le dijo: “Ven, descansa un poco”.
¿Qué te dice Dios que hagas ahora mismo? Escucha y obedece. Te podría estar preparando para la eternidad.
“Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: ‘Conoce a Jehová’, porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová. Porque perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado” (Jer. 31:34).
“Por tanto, si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial” (Mat. 6:14).
“No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados” (Luc. 6:37).
“Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Soportaos unos a otros y perdonaos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col. 3:12,13).
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Cuando se disipó el polvo, vimos que todo había cambiado. Teníamos cortes, magulladuras y huesos rotos. Y allí estaba Dele, mirándome desde el piso. Unos quince minutos antes me había recordado que me ajustara el cinturón. Yo iba sentada adelante, junto al conductor. Más atrás no había cinturones. Yo había seguido el consejo de Dele y, gracias a eso, en lugar de enfrentar una casi segura muerte escapé sin lesiones graves. Más allá de un par de pequeñas magulladuras, solo tenía una marca en el cuello: era la marca del cinturón que impidió que volara a través del parabrisas.
Toqué la mano de Dele; me dijo que no sentía nada. “Estoy sin vida”, musitó. Le dijimos que dejara de hablar así. “Tienes que ser positiva –replicamos–. No vas a morir sino a vivir; es lo que dice la Biblia”. Nos creyó, y comenzó a orar. Le pidió a Dios que le preservara la vida. “Señor, mis hijos son pequeños”, oró. Pero el lunes de mañana, falleció.
-
Prieto Mabel Alicia
3 de December de 2009
cuantas veces NUESTRO SEÑOR nos habla y no sabemos escucharlo,quiera EL que estemos mas atentos AL ESPIRITU SANTO cuando nos habla.
-
ANGEL ROSAS
12 de December de 2009
SI QUEIRES SENTIR PAZ REALMENTE, SOLO PERDONA, Y SENTIRAS COMO DIOS SE ENCARGA DE TÍ. ENTONCES PODRAS OIRLO PORQUE SU CORAZON ES MY BONDADOSO Y NOS PERDONA SIEMPRE.
-
jessi
9 de January de 2010
SOLO CUANDO EL ESPIRITU SANTO OBRE EN NUESTRA VIDA ESTAREMOS DISPUESTOS A PERDONAR
-
Eduardo Sobarzo
10 de February de 2010
Muchas veces nosotros como cristianos nos es fácil perdonar al amigo, a la amiga, a la persona que nos acompañó durante nuestra niñez, pero ¿porqué no hacemos eso mismo con nuestros enemigos o con aquellas personas que nos han hecho mucho daño? muchas veces no pensamos al decir:¨somos imagen y semejanza de Dios¨, pero eso significa esa unión a Dios el intentar de ser imitadores de sus obras y una de esas obrar fue el AMOR a sus enemigos. Y por experiencia propia perdonar a un enemigo hizo que después fuéramos los mejores amigos y desde ese momento no nos hemos separado. Y así como nosotros pecamos y Dios nos perdona ¿quienes somos nosotros para no perdonar a aquel que nos insulta si nosotros al pecar insultamos a Dios de igual manera con nuestros pecados? DIOS LOS BENDIGA
-
SILVIA MIGUEZ
13 de March de 2010
ESTOY APRENDIENDO A PERDONAR, PIDO A DIOS QUE ME SIGA GUIIANDO POR ESE CAMINO, PUES SIENTO MUCHA PAZ..
Comente este artículo